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domingo, 15 de marzo de 2015

Pasaje de Murga o del Comercio


Comenzamos nuestro recorrido en uno de los sitios más característicos de Madrid. En un lugar tan concurrido y emblemático como la Puerta del Sol, parece difícil localizar uno de esos pequeños rincones inesperados debido al conocimiento que se suele tener del sitio y su vida comercial. Si a esto le añadimos que esta suele encontrarse bastante concurrida, la tarea se nos presenta más difícil todavía. No obstante, en una de sus conocidas calles perpendiculares, la Calle Montera, podemos visitar uno de los muchos tesoros madrileños del Siglo XIX. 

En el número 33, casi llegando a la Gran Vía, se encuentra el Pasaje de Murga o del Comercio. Por su apariencia, podría pasar por un portal más entre las decenas de tiendas que se encuentran a su alrededor. No obstante, aún hoy sigue conservando parte de su encanto e historia si nos detenemos a contemplar su fachada y, posteriormente, su interior, los cuales nos trasladan durante unos segundos al que fue uno de los pasajes comerciales más importantes de Europa durante el Siglo XIX. Por aquel entonces, su arquitectura tomaba como referencia a la parisina, ciudad en la que habían aparecido los primeros pasajes, muy importantes para las relaciones que se desarrollaban entre los ciudadanos de la urbe. En la construcción de este pasaje en concreto, la imitación de un recinto al más puro estilo francés no fue su único condicionante. Su proximidad con la Puerta del Sol, que a lo largo de este siglo se vio envuelta en una importante remodelación, tuvo mucho que ver. A su vez, las obras de este exigieron la alteración de toda la zona, especialmente en cuanto a viviendas se refiere.          

Su propietario, José Murga, tuvo mucho que ver con la distribución de la parte interna. Miembro de la familia Murga, importante saga de comerciantes vascos, se le considera pionero en actividades de tipo comercial. Lo que empezó como un permiso para la construcción de una casa en el número 33 de la calle, se convirtió en el proyecto más ambicioso de levantar un inmueble entero que comunicara las calles Montera y Tres Cruces. De esta forma fue como un pequeño bazar destinado a la Compañía General de Comercio pasó a convertirse en una importante vía peatonal para, después, adquirir un estilo propio y alzarse como uno de los rincones más importantes de Madrid.

En su interior aún se conservan, aunque en un peor estado, algunas de las galerías acristaladas en las que se concentraban lugares de ocio de todo tipo, desde cafés hasta restaurantes, y que hoy han dejado paso a locutorios, tiendas de telefonía o de Compro oro. Fue un pequeño café en concreto, que se encontraba escondido entre el resto de tiendas, el que dio el reconocimiento al pasaje al convertirse en uno de los mejores y más frecuentados por la Corte.

Hoy, a pesar de que no se continúen aprovechando todas sus posibilidades, como si sucede en otras ciudades como París, Milán o Roma, continúa conservando el valor y significado de siempre: el de uno de los rincones de Madrid que mejor reflejan el primer desarrollo de carácter capitalista de la ciudad. 

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